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Extraño, tenso.

El día del banco sigue resultando un concepto extraño y difícil de asimilar para mi mente. He llegado a la conclusión de que no es resultado de aquel día en sí, sino de la (¿está muy feo que utilice a Hegel ahora?) -relación dialéctica- que se establece entre el momento presente y la nostalgia futura.
Ese día sucedieron mil cosas, es cierto. Muchas más sensaciones de las que pudiera recrear en este mismo instante tuvieron su ocasión... pero ese día es extraño, simple y llanamente porque me limité a existir. Parece que estoy tratando de reducir lo ocurrido hasta el absurdo, en absoluto es lo que pretendo: sólo quiero decir que todos los juicios que emito al hablar de aquel día están emitidos desde la nostalgia del momento que experimento hoy porque entonces, en aquel banco, estaba sencillamente -siendo.
No me dio tiempo a pensar "qué raro", ni "wow, ¿qué acaba de pasar?". No recuerdo a qué me dio tiempo, siendo sincera. Posiblemente a nada.
Sin embargo, cuando todo termina y me encuentro a solas en el transporte público, de vuelta a casa y a la realidad consciente, comienzo a valorar los hechos. Eso ha sido raro, las primeras veces son raras, eso ha sido una especie de "primera vez", es curioso cómo evolucionan las situaciones y las relaciones, qué significa que algo evolucione, la evolución hace que todo sean primeras veces... Entonces sí, entonces me escudo en el absurdo porque la vorágine de pensamiento me recubre como una capa de caballero medieval y pienso que es curioso ese momento en que dos personas se ponen de acuerdo para gustarse, y deciden que quieren saber más cosas la una de la otra.
Y el patrón en que esas dos personas van experimentándose, coexistiendo y construyendo no es más que una falsa idea de estabilidad dentro del vínculo porque igual que comienza con un pacto común no hablado, se desarrolla entre el caos individual que por el simple placer de construir se va erigiendo como conjunto.
Quizá no es reduccionismo. Quizá el amor (romántico o no), además de bonito, es absurdo.
Sin cargas ideológicas ni semánticas: absurdo. (Aquí quizá sea más apropiado mencionar a Hegel. No, no, era broma, lo siento.)

Después siempre caigo en una trampa: la de pensar que el momento, por el simple hecho de ser un inicio, carga algún tipo de tensión.
Puede hacerlo, por supuesto. Las relaciones son, hasta cierto punto, un juego, una caza donde medimos "al otro" y sus capacidades. Son un tira y afloja a veces respetuoso y a veces más agresivo. Son pruebas, fallos y potencias que nunca llegan-a; son elementos complejos y estresantes. Y por si no fueran suficientes por sí mismos, ahí estoy yo: con mi pelo cortito y mis ojos abiertos, un día me levanto y decido que "los primeros momentos son extraños, me siento tensa" aun cuando en el preciso instante en el que he estado viviendo ese primer momento ha sido tranquilo y calmado.
Así es como una vez más la ansiedad se instala en la memoria y por una vez la nostalgia es directamente agresiva contra el recuerdo. El momento no fue tenso.
Y yo no soy capaz de recordarlo de otra manera.
¿Por qué soy así? No lo sé.
Lo siento Hegel, la absurda era yo.

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