Tenemos tantas acciones mecanizadas que de la gran mayoría no nos daremos cuenta nunca, las perderemos dentro de la no-consciencia corporal... Cuando lo hacemos sin embargo, no suele ser en momentos de “Gran Lucidez” de la propiocepción, donde podemos sentir cada parte de nuestro cuerpo e identificarlo de forma conjunta a la emoción que nos mueve. No, cuando nos damos cuenta suele ser porque directamente nos estamos observando… o porque percibimos un cambio en nuestra manera de actuar.
Cada vez que sucede esto último, al menos para mí, es como si me diera una bofetada. Sin el grado de violencia de un golpe, pero con la intensidad del mismo.
Hoy me he dado cuenta de que cuando me despido de una persona a la que en realidad estoy deseando ver (aunque acabe de pasar diez minutos junto a ella), al contrario que la mayoría de la gente, doy un par de pasos y transcurrido un tiempo prudencial (unos eternos cinco segundos) me giro para mirarla. Sí, me he dado cuenta de esto porque hoy precisamente he hecho todo lo contrario.
Sé que cuando te despides y vuelves la vista atrás es por una buena razón. Quizá incluso sea por varias porque cuando te despides, te alejas y te giras en realidad estás diciendo “no me quiero ir”. Estás, en cierta forma, disfrutando de la agonía del adiós, estirando el momento, confirmando que la otra persona (y tú mismo) está/estáis bien -y que no queda nada por decir-. Es una forma de expresar que los veinte besos que os habéis dado como despedida han sabido a poco, que irías a por veinte más, que lo tendrás en cuenta para la próxima vez…
Yo, al alejarme un poco antes de hacerlo, no suelo ser partícipe de esta forma de amor. Ese tiempo prudencial es un cortafuegos, pues cuando yo alzo la vista, la otra persona me ofrece ya la espalda, con pasitos que poco a poco se alejan. Esos cinco segundos a veces son demasiado tiempo, sin embargo para mí es un acto reflejo desde hace mucho tiempo.
Me da un cierto control (agridulce), porque observo cómo esa persona se va, y me aseguro de que esté bien.
Porque así el momento es predecible: si yo no me he girado al irme no lo voy a hacer más tarde (ejem), y yo voy a encontrarme con una situación que sé manejar. Es decir, sé que voy a observar marchar a una persona que aprecio con un sentimiento contenido de cariño floreciendo en el pecho y que después voy a poder caminar tranquilamente pensando en qué canción querré escuchar cuando conecte los auriculares.
Y sí, me he dado cuenta precisamente porque hoy he hecho todo lo contrario. Mi cuerpo ha sido mil veces más rápido esta vez que la costumbre: me he alejado un par de pasos y mi sonrisa se ha dirigido inmediatamente hacia ti, buscando -un beso más, otra caricia, tus ojos, tu sonrisa-… Buscándote, supongo. No, por supuesto que no quería irme. Nunca quiero, ni en cero ni en cinco segundos. Verte orientado hacia mi en lugar de hacia la multitud, radiante, ha sido la mejor recompensa que he podido obtener. Me has guiñado el ojo, me he sentido la chica más feliz de la plaza mientras pensaba “ay, ¡qué guapo!” y he vuelto a mi camino con la sonrisa aún más amplia al tiempo que tú volvías al tuyo.
Y entonces, en lugar de pensar “quiero escuchar Love In The Dark, de Adele” me he dado cuenta de que estaba dando un paso detrás de otro porque mi cuerpo sabe caminar. Porque mi mente estaba totalmente bloqueada, completamente pausada en ese breve instante de separación. Mi cuerpo camina y mi mente flota (he llegado a la estación prácticamente volando).
Ha sido simplemente bonito.
Yo, que siempre trato de controlar -mi cuerpo y las situaciones-. ¿Habré estado perdiéndome la parte más bonita de todo?
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